En el universo de Superman, la criptonita es ese mineral que, al entrar en contacto con el héroe, neutraliza sus fuerzas y lo debilita hasta dejarlo vulnerable.
En nuestra vida cotidiana, algo similar ocurre cuando ciertas dinámicas familiares actúan como una «criptonita» emocional que afecta a nuestros hijos.
Según la Real Academia Española, la criptonita también se define como una «persona o cosa que neutraliza o merma las cualidades principales de algo o de alguien». Es una definición poderosa que, aplicada al ámbito de la crianza, nos invita a reflexionar sobre cómo nuestras actitudes y comportamientos, muchas veces inconscientes, pueden tener este efecto en los niños y adolescentes.
A diferencia de Superman, que es consciente del peligro de la criptonita, en el contexto familiar estas dinámicas suelen ser invisibles y heredadas. Son patrones que pasan de generación en generación, moldeados por nuestro sistema familiar, nuestras experiencias y las expectativas sociales.
Como padres, queremos lo mejor para nuestros hijos, pero en nuestro intento por protegerlos y guiarlos, a veces terminamos debilitándolos.
Y es que, desde la perspectiva de nuestros hijos, somos como superhéroes. Nos ven como figuras protectoras, invencibles, capaces de resolver cualquier problema. Nos admiran y confían plenamente en nosotros. Pero, con el tiempo, este «tótem» puede caer.
Cuando exigimos demasiado, somos intransigentes, carecemos de empatía o no establecemos una comunicación abierta, comenzamos a actuar como esa criptonita que merma sus cualidades.
En lugar de fortalecerlos, los debilitamos. Se sienten inseguros, incomprendidos y desprotegidos.
Esta dinámica puede aparecer en cualquier etapa, pero es especialmente visible durante la adolescencia, cuando los hijos, en su búsqueda de autonomía, empiezan a responder a nuestra rigidez con rebeldía o distancia.
Desde nuestra perspectiva, sus respuestas pueden parecer desafiantes o incluso hostiles, lo que paradójicamente también nos lleva a percibirlos a ellos como «villanos». Pero lo cierto es que estas actitudes son su forma de defenderse, de proteger su identidad frente a un entorno que sienten como excesivamente controlador o crítico.
En medio de estas dinámicas, nuestros hijos activan su propia forma de heroicidad: tienen que sostener una presión constante en múltiples ámbitos de su vida.
En el entorno familiar, intentan equilibrar nuestras expectativas con sus propias necesidades y emociones. En la escuela y el instituto lidian con la exigencia académica, la presión por destacar y las comparaciones. Y en el grupo de iguales, enfrentan retos relacionados con la pertenencia, el juicio social y el deseo de aceptación.
Todo esto, mientras intentan comprender quiénes son y qué lugar ocupan en el mundo
Lo que vivimos como una respuesta desafiante “intolerable” es, en realidad, un intento valiente de mantenerse firmes en medio de tantas demandas y presiones. Reconocer esta heroicidad nos permite cambiar nuestra perspectiva y abordar estas dinámicas desde un lugar de empatía y comprensión.
Podemos distinguir dos tipos de criptonita en la crianza: la visible y la invisible.
La criptonita visible son las actitudes o comportamientos que claramente dañan la relación, como gritar, castigar desproporcionadamente o invalidar sus emociones de manera evidente.
Por otro lado, la criptonita invisible es más sutil, pero igual de perjudicial. Incluye acciones como expectativas poco realistas, falta de reconocimiento, ausencia de tiempo de calidad o un ambiente de constante crítica.
Aunque menos evidente, esta criptonita silenciosa puede erosionar poco a poco la conexión con nuestros hijos y su confianza en sí mismos.
La buena noticia es que estas dinámicas pueden cambiar. Recuperar la conexión y volver a ser ese «superhéroe» para tus hijos es posible.
Este proceso comienza por identificar qué tipos de criptonita están presentes en tu relación familiar y entender cómo afectan tanto a tus hijos como a ti.
Desde mi experiencia como profesional, puedo ayudarte a trabajar en este proceso, proporcionándote herramientas para fortalecer la comunicación, la empatía y la comprensión mutua.
Apostemos por crear un entorno en el que los niños y los jóvenes se sientan seguros, comprendidos y capaces de desarrollar todo su potencial.
Al fin y al cabo, el verdadero superpoder está en construir relaciones basadas en el amor, la confianza y el respeto mutuo.